lunes, 6 de julio de 2020

-Adéntrate-

Llegamos a ningún lugar, un pueblo perdido a la vera de una ruta abandonada, casas arrumbadas habitadas por unos pocos ancianos olvidados por el tiempo. Al pasar los días nos dimos cuenta que el pueblo vivía en un constante ocaso, el sol parecía no elevarse jamás del todo, nubes plomizas le daban una sensación de hermetismo, algo que entra y jamás puede salir. – Es el bosque, decía Nuna, la anciana que nos hospedaba, una viejita petisa con ojos brillantes de niña, acaso lo único que brillaba en ese pueblo, de manos fuertes y firmes y un decir pausado y quebrado por una especie de terror, como si alguien la estuviera escuchando. 
- Es el bosque, me resonó en sueños una y otra vez, - Adéntrate, una voz me desafió y me desperté dando bocanadas del aire húmedo y frío. Preparé mis cosas antes del amanecer y que todos se despierten. Me dispuse a salir cuando de un rincón oscuro de la cocina la voz de Nuna me dice – todo lo traga, nada lo devuelve, si entras hay una sola salida y es hacia adelante, despídete de todo y ve en paz. – Gracias, le dije y emprendí viaje. A medida que iba avanzando me invadió una sensación de desesperanza, con cada paso los rayos débiles de luz se hacían más escasos, el crujir de las ramas hacía parecer que los gigantes de madera se movían lentamente cerrando mi paso y borrando el rastro detrás de mí. No había ruido de animales solo el eco de mis pasos sobre la vegetación. Caminé por horas o al menos eso me pareció, me senté en un tronco caído para descansar, el humo blanco de mi respiración parecía ser aspirado por alguien mas cuando se desvanecía repentinamente delante mis ojos. En medio del silencio abrumador escuché una risa infantil, levanté la mirada y vi la figura de una niña que me sonreía. Giró rápidamente y empezó a correr entre los árboles, me apresuré a seguirla, pero aparecía y se esfumaba demasiado rápido, solo podía seguir el sonido de sus risas juguetona como se estuviera burlando de mí. De repente me encontré en un pequeño claro entre la espesura de los árboles y en el centro de este una roca grande y plana, parada sobre ella la niña con los brazos elevados al cielo. 
Adéntrate susurró una voz a mi espalda. La cara de Nuna es lo último que vi mientras mi cuerpo se desplomaba.