viernes, 9 de julio de 2010

En blanco

El silencio como lienzo, desierto de ondulaciones
Con un gusano de hierro que de eje en eje marca el pulso de la tierra que cede, la tierra siempre cede. Y no deja opción más que mirar hacia atrás, esa convergencia de punto lejano. De las ventanas se ven pasajeros inertes frente a un rumbo que no pueden cambiar, otra vez ceder, otra vez ser tierra, otra vez convergencia, otra vez compás metálico, tu tun tu tun, y el aire que lo sucede como queriéndose desesperadamente aferrar, polizón de los pulmones, si con el bastara respirar una vez seria todo, completos una vez mas.
Creo que la realidad es un ladriyo de sal que todos debemos lamer alguna vez, al menos para saber si queremos construir una visión con el.
La casa por la que transitaremos, a quienes dejaremos entrar, quienes se irán sin avisar y al final del día los restos que quedarán.
La luz se filtra por hendijas, dejando copos translucidos, que con colores nos muestran como viajar solo con los ojos cerrados para que nada mas altere el oleaje mental que arremete contra la escollera donde los sueños y deseos se aferran como berberechos negros y a fuerza de ímpetus como bocanadas de aire se desprenden

Con permiso

En soledad visité el cielo y el infierno, a pesar de lo que se creería no hay grandes y ostentosas puertas que golpear. ¿Porteros con grandes libros de registro? Yo no vi a nadie y creo que los hubiese jamás. Nadie que pregunte que hice, pensé o sentí o dejé de hacer, pensar o sentir en mi ya anecdótica existencia terrenal.
Lugares sin tiempo ni ecos, en fin, sin sentido ni respuestas. En todo similares. Interminable laberinto de espejos colocados en todos los ángulos posibles y algunos imposibles también para observarse de formas que uno jamás soñaría. La única diferencia es que en el cielo, mi mano, sostenía un martillo.